jueves, 29 de octubre de 2026

EL HUÉSPED DE AMPARO DÁVILA

TERROR PSICOLÓGICO

 CON CRITICA SOCIAL


POR SILVIA CANO GARCIA 






“El huésped” – Amparo Dávila.

  Amparo Dávila, una de las voces mas  inquietantes de la literatura mexicana del siglo XX, logró con su cuento “El huésped” (1959) una obra maestra del terror psicológico. A través de una narrativa envolvente y una atmósfera sofocante, la autora nos introduce en un universo donde la realidad se distorsiona y los límites entre la locura y el miedo se desdibujan. Este relato forma parte del libro EL HUÉSPED Y OTROS RELATOS SINIESTROS. Del fondo de cultura económica, una de las colecciones más emblemáticas del realismo fantástico en México. 


Datos interesantes • “El huésped” ha sido interpretado como una metáfora del miedo femenino en una sociedad patriarcal. • La autora nunca revela si el huésped es humano o una criatura monstruosa, lo que potencia el terror psicológico. • Fue publicado en una época en que las escritoras mexicanas enfrentaban un fuerte silencio literario. • El cuento ha sido adaptado a teatro, cine y radio por su intensidad narrativa. • Amparo Dávila ganó en 1977 el Premio Xavier Villaurrutia, uno de los más importantes de México.

 RELATO 

Nunca olvidaré el día en que vino a vivir con nosotros. Mi marido lo trajo al regreso de un viaje. Llevábamos entonces cerca de tres años de matrimonio, teníamos dos niños y yo no era feliz. Representaba para mi marido algo así como un mueble, que se acostumbra uno a ver en determinado sitio, pero que no causa la menor impresión. Vivíamos en un pueblo pequeño, incomunicado y distante de la ciudad. Un pueblo casi muerto o a punto de desaparecer. No pude reprimir un grito de horror, cuando lo vi por primera vez. Era lúgubre, siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo, que parecían penetrar a través de las cosas y de las personas. Mi vida desdichada se convirtió en un infierno. La misma noche de su llegada supliqué a mi marido que no me condenara a la tortura de su compañía. No podía resistirlo; me inspiraba desconfianza y horror. “Es completamente inofensivo” —dijo mi marido mirándome con marcada indiferencia. “Te acostumbrarás a su compañía y, si no lo consigues…” No hubo manera de convencerlo de que se lo llevara. Se quedó en nuestra casa. No fui la única en sufrir con su presencia. Todos los de la casa —mis niños, la mujer que me ayudaba en los quehaceres, su hijito— sentíamos pavor de él. Sólo mi marido gozaba teniéndolo allí. Desde el primer día mi marido le asignó el cuarto de la esquina. Era ésta una pieza grande, pero húmeda y oscura. Por esos inconvenientes yo nunca la ocupaba. Sin embargo él pareció sentirse contento con la habitación. Como era bastante oscura, se acomodaba a sus necesidades. Dormía hasta el oscurecer y nunca supe a qué hora se acostaba. Perdí la poca paz de que gozaba en la casona. Durante el día, todo marchaba con aparente normalidad. Yo me levantaba siempre muy temprano, vestía a los niños que yaestaban despiertos, les daba el desayuno y los entretenía mientras Guadalupe arreglaba la casa y salía a comprar el mandado. La casa era muy grande, con un jardín en el centro y los cuartos distribuidos a su alrededor. Entre las piezas y el jardín había corredores que protegían las habitaciones del rigor de las lluvias y del viento que eran frecuentes. Tener arreglada una casa tan grande y cuidado el jardín, mi diaria ocupación de la mañana, era tarea dura. Pero yo amaba mi jardín. Los corredores estaban cubiertos por enredaderas que floreaban casi todo el año. Recuerdo cuánto me gustaba, por las tardes, sentarme en uno de aquellos corredores a coser la ropa de los niños, entre el perfume de las madreselvas y de las buganvilias. En el jardín cultivaba crisantemos, pensamientos, violetas de los Alpes, begonias y heliotropos. Mientras yo regaba las plantas, los niños se entretenían buscando gusanos entre las hojas. A veces pasaban horas, callados y muy atentos, tratando de coger las gotas de agua que se escapaban de la vieja manguera. Yo no podía dejar de mirar, de vez en cuando, hacia el cuarto de la esquina. Aunque pasaba todo el día durmiendo no podía confiarme. Hubo muchas veces que cuando estaba preparando la comida veía de pronto su sombra proyectándose sobre la estufa de leña. Lo sentía detrás de mí… yo arrojaba al suelo tenía en las manos y salía de la cocina corriendo y gritando como una loca. Él volvía nuevamente a su cuarto, como si nada hubiera pasado. Creo que ignoraba por completo a Guadalupe, nunca se acercaba a ella ni la perseguía. No así a los niños y a mí. A ellos los odiaba y a mí me acechaba siempre. Cuando salía de su cuarto comenzaba la más terrible pesadilla que alguien pueda vivir. Se situaba siempre en un pequeño cenador, enfrente de la puerta de mi cuarto. Yo no salía más. Algunas veces, pensando que aún dormía, yo iba hacia la cocina por la merienda de los niños, de pronto lo descubría en algún oscuro rincón del corredor, bajo las enredaderas. “¡Allí está ya, Guadalupe!”; gritaba desesperada. Guadalupe y yo nunca lo nombrábamos, nos parecía que al hacerlo cobraba realidad aquel ser tenebroso. Siempre decíamos: —Allí está, ya salió, está durmiendo, él, él, él… Solamente hacía dos comidas, una cuando se levantaba al anochecer y otra, tal vez, en la madrugada antes de acostarse. Guadalupe era la encargada de llevarle la bandeja, puedo asegurar que la arrojaba dentro del cuarto pues la pobre mujer sufría el mismo terror que yo. Toda su alimentación se reducía a carne, no probaba nada más. Cuando los niños se dormían, Guadalupe me llevaba la cena al cuarto. Yo no podía dejarlos solos, sabiendo que se había levantado o estaba por hacerlo. Una vez terminadas sus tareas, Guadalupe se iba con su pequeño a dormir y yo me quedaba sola, contemplando el sueño de mis hijos. Como la puerta de mi cuarto quedaba siempre abierta, no me atrevía a acostarme, temiendo que en cualquier momento pudiera entrar y atacarnos. Y no era posible cerrarla; mi marido llegaba siempre tarde y al no encontrarla abierta habríapensado… Y llegaba bien tarde. Que tenía mucho trabajo, dijo alguna vez. Pienso que otras cosas también lo entretenían… Una noche estuve despierta hasta cerca de las dos de la mañana, oyéndolo afuera… Cuando desperté, lo vi junto a mi cama, mirándome con su mirada fija, penetrante… Salté dé la cama y le arrojé la lámpara de gasolina que dejaba encendida toda la noche. No había luz eléctrica en aquel pueblo y no hubiera soportado quedarme a oscuras, sabiendo que en cualquier momento… Él se libró del golpe y salió de la pieza. La lámpara se estrelló en el piso de ladrillo y la gasolina se inflamó rápidamente. De no haber sido por Guadalupe que acudió a mis gritos, habría ardido toda la casa. Mi marido no tenía tiempo para escucharme ni le importaba lo que sucediera en la casa. Sólo hablábamos lo indispensable. Entre nosotros, desde hacía tiempo el afecto y las palabras se habían agotado. Vuelvo a sentirme enferma cuando recuerdo… Guadalupe había salido a la compra y dejó al pequeño Martín dormido en un cajón donde lo acostaba durante el día. Fui a verlo varias veces, dormía tranquilo. Era cerca del mediodía. Estaba peinando a mis niños cuando oí el llanto del pequeño mezclado con extraños gritos. Cuando llegué al cuarto lo encontré golpeando cruelmente al niño. Aún no sabría explicar cómo le quité al pequeño y cómo me lancé contra él con una tranca que encontré a la mano, y lo ataqué con toda la furia contenida por tanto tiempo. No sé si llegué a causarle mucho daño, pues caí sin sentido. Cuando Guadalupe volvió del mandado, me encontró desmayada y a su pequeño lleno de golpes y de araños que sangraban. El dolor y el coraje que sintió fueron terribles. Afortunadamente el niño no murió y se recuperó pronto. Temí que Guadalupe se fuera y me dejara sola. Si no lo hizo, fue porque era una mujer noble y valiente que sentía gran afecto por los niños y por mí. Pero ese día nació en ella un odio que clamaba venganza. Cuando conté lo que había pasado a mi marido, le exigí que se lo llevara, alegando que podía matar a nuestros niños como trató de hacerlo con el pequeño Martín. “Cada día estás más histérica, es realmente doloroso y deprimente contemplarte así… te he explicado mil veces que es un ser inofensivo.” Pensé entonces en huir de aquella casa, de mi marido, de él… Pero no tenía dinero y los medios de comunicación eran difíciles. Sin amigos ni parientes a quienes recurrir, me sentía tan sola como un huérfano. Mis niños estaban atemorizados, ya no querían jugar en el jardín y no se separaban de mi lado. Cuando Guadalupe salía al mercado, me encerraba con ellos en mi cuarto. — Esta situación no puede continuar —le dije un día a Guadalupe. — Tendremos que hacer algo y pronto – me contestó. — ¿Pero qué podemos hacer las dos solas? —Solas, es verdad, pero con un odio… Sus ojos tenían un brillo extraño. SentíLa oportunidad llegó cuando menos la esperábamos. Mi marido partió para la ciudad a arreglar unos negocios. Tardaría en regresar, según me dijo, unos veinte días. No sé si él se enteró de que mi marido se había marchado, pero ese día despertó antes de lo acostumbrado y se situó frente a mi cuarto. Guadalupe y su niño durmieron en mi cuarto y por primera vez pude cerrar la puerta. Guadalupe y yo pasamos casi toda la noche haciendo planes. Los niños dormían tranquilamente. De cuando en cuando oíamos que llegaba hasta la puerta del cuarto y la golpeaba con furia… Al día siguiente dimos de desayunar a los tres niños y, para estar tranquilas y que no nos estorbaran en nuestros planes, los encerramos en mi cuarto. Guadalupe y yo teníamos muchas cosas por hacer y tanta prisa en realizarlas que no podíamos perder tiempo ni en comer. Guadalupe cortó varias tablas, grandes y resistentes, mientras yo buscaba martillo y clavos. Cuando todo estuvo listo, llegamos sin hacer ruido hasta el cuarto de la esquina. Las hojas de la puerta estaban entornadas. Conteniendo la respiración, bajamos los pasadores, después cerramos la puerta con llave y comenzamos a clavar las tablas hasta clausurarla totalmente. Mientras trabajábamos, gruesas gotas de sudor nos corrían por la frente. No hizo entonces ruido, parecía que estaba durmiendo profundamente. Cuando todo estuvo terminado, Guadalupe y yo nos abrazamos llorando. Los días que siguieron fueron espantosos. Vivió muchos días sin aire, sin luz, sin alimento… Al principio golpeaba la puerta, tirándose contra ella, gritaba desesperado, arañaba… Ni Guadalupe ni yo podíamos comer ni dormir, ¡eran terribles los gritos…! A veces pensábamos que mi marido regresaría antes de que hubiera muerto. ¡Si lo encontrara así…! Su resistencia fue mucha, creo que vivió cerca de dos semanas… Un día ya no se oyó ningún ruido. Ni un lamento… Sin embargo, esperamos dos días más, antes de abrir el cuarto. Cuando mi marido regresó, lo recibimos con la noticia de su muerte repentina y desconcertante.



 Análisis del relato 


“El huésped” es una pieza literaria magistral porque combina el terror psicológico con una crítica social profunda. Amparo Dávila utiliza una estructura simple —una mujer, una casa, una presencia extraña— para explorar temas como el miedo, la opresión y la alienación femenina. 
 1. El miedo como forma de existencia: El terror en este cuento no proviene de un monstruo externo, sino del estado de vulnerabilidad de la protagonista. El miedo la consume, pero también la impulsa a rebelarse. 2. El silencio y la sumisión: La autora retrata una sociedad donde la mujer no tiene voz. El esposo, figura de autoridad, impone decisiones sin considerar los sentimientos de su esposa. El huésped simboliza ese silencio impuesto, la presencia invasora que destruye la paz interior.
 3. La ambigüedad del horror: Nunca se revela quién o qué es el huésped. Esta ambigüedad es deliberada: el miedo más profundo surge de lo desconocido. Dávila juega con lo invisible para intensificar la tensión. 4. Lectura simbólica: El huésped puede representar la violencia doméstica, la locura, la culpa o incluso la represión del deseo. En cualquiera de sus interpretaciones, su función es la misma: encarnar el mal que habita en los espacios íntimos. 
5. El poder femenino: Aunque la protagonista parece débil, su decisión final la convierte en dueña de su destino. La muerte del huésped simboliza su liberación. Sin embargo, esa victoria no es completa: el trauma persiste, como un eco del miedo que la definió. 

Preguntas de comprensión lectora 


1. ¿Cómo cambia la vida de la protagonista tras la llegada del huésped?
 2. ¿Qué actitudes del huésped provocan el miedo de la mujer? 
3. ¿Por qué el esposo no le da importancia al miedo de su esposa? 
4. ¿Qué papel desempeñan las sirvientas en la historia?
 5. ¿Qué significa el final del relato, cuando la mujer sigue sintiendo miedo?

 Respuestas a las preguntas de comprensión lectora 


1. La tranquilidad se convierte en angustia constante; la casa deja de ser un refugio. 
2. Su silencio, su mirada vacía y sus comportamientos inhumanos hacen que parezca una amenaza.
 3. Porque representa la autoridad patriarcal y considera que los temores femeninos son irracionales.
 4. Apoyan a la protagonista y la ayudan a enfrentar al huésped, demostrando solidaridad y valor. 
5. Que el miedo nunca desaparece del todo: es una huella emocional que sobrevive al peligro físico.

 Reflexión 


Leer “El huésped” es adentrarse en la mente de una mujer que lucha contra lo invisible. El cuento nos recuerda que el terror puede estar en lo cotidiano: una casa, un silencio, una mirada. Amparo Dávila nos invita a pensar en como el miedo, aunque paraliza, también puede ser una forma de resistencia. La protagonista actúa desde la desesperación, pero su acto final representa una liberación frente al dominio y la indiferencia. El relato también plantea una reflexión sobre el papel de la mujer en una sociedad que la silencia. A través del horror, Dávila denuncia la violencia psicológica y la soledad femenina, temas universales que aún resuenan hoy. 

 Preguntas para reflexionar 


• ¿Crees que el huésped era real o una proyección del miedo de la protagonista? 
• ¿Qué simboliza el encierro final del huésped?
 • ¿Qué mensaje transmite Amparo Dávila sobre la soledad femenina? 
• ¿Por qué el miedo se mantiene incluso después de la muerte del huésped? 
• ¿Podría el relato tener un final diferente sin perder su fuerza?

 Glosario de términos


 Ambigüedad: Doble sentido o falta de claridad que genera misterio.
 Opresión: Situación en la que una persona o grupo domina injustamente a otro. 
Tensión psicológica: Estado de ansiedad y miedo creado por una situación incierta. 
Subyugar: Someter a alguien mediante el control o la fuerza.
 Catarsis: Liberación emocional que se experimenta tras un momento de gran tensión.

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